14 febrero 2006

14 feb Everest



El viento húmedo susurra, trayendo el recuerdo de una ventisca que ya ha pasado. Las montañas eternas se yerguen alrededor, indiferentes en apariencia al lento paso del tiempo. La escarcha brilla, devolviendo los leves reflejos de un sol tímido que asoma entre las nubes.

El aire es inclemente con los viajeros.

Un diminuto altar descansa en la falda de una de las más imponentes montañas; a la que se ha dado tantos nombres y significados. Sobre el altar hay ofrendas de aquellos que pidieron fortuna en la subida, y de aquellos que piden que las almas de los que no regresaron descansen. Allí se les recuerda.

No se ve a nadie, y sin embargo dos personas descansan sentadas en las escaleras de este altar. Observan la imponente montaña que van a escalar con miedo y respeto. No es la primera que superan una escalada juntos, ni es la primera vez que retan al gran Everest, pero un cierto desasosiego les comprime lo que debería ser su estómago.

Aquella que se llevó la vida de uno y la alegría de la otra, condenándola a la oscuridad.

Saben cual es el camino, y a pesar de que ambos sabían que su viaje no estaría completo hasta que ascendieran esta última montaña, lo han retrasado hasta este momento consciente o inconscientemente. El coloso les impone un respeto solo superado por sus ansias de superar su reto. Mutuamente intentan aparentar seguridad para apoyar a su acompañante, pero ambos están muy lejos de sentirla.

Finalmente uno de los dos rompe el silencio.

- Gracias por acompañarme Lea. Sin ti no lo hubiese conseguido.

Ella sale de sus meditaciones, regresando con él. – No te preocupes. Todo va a salir bien.

- ¿crees que lo conseguiremos?

- ¡Por supuesto que si! Ni pienses que te voy a dejar rendirte a medio camino – Sonríe, contagiando al hombre.

- Gracias, de verdad. – duda – Tengo que decírtelo– Ella lo mira con curiosidad, tomándolo de la mano para transmitirle seguridad – Te quiero.

Por un instante, Lea se queda en silencio, recordando la primera vez que escuchó aquello de su compañero, hace ya lo que parecen tantas vidas. Él se pone algo nervioso ante el silencio, pero la chica se apresura a sonreír con ternura.

- Miki… no seas bobo. ¿sabes lo que te he echado de menos? – Ambas figuras se atraen, desvaneciéndose tras una expiración cargada de escarcha.

Solo queda el blanco impoluto de la nieve, la solemnidad de la montaña, y la humildad del altar donde tantos recuerdos se vierten.

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