La investigación no resultó tan sencilla como el ex -soldado esperaba. Para empezar, solo en la sala habían 7 camas con nombres propios, con su parte médico e historial. No digamos ya las historias familiares que tendría cada uno. Comenzó enumerarlos para sí, dando un primer vistazo superficial a la sala.
Marie Montignae era una joven afro-americana de unos… ¿Qué edad tiene? No, es imposible que tenga 19 años. La textura de su piel y energía son los de una persona bastante mayor. Siempre puede ser que la medicación la haya afectado, porque es difícil que una epilepsia de esos síntomas.
Harvey Rein llamó la atención de la sala con sus tartamudeos. Temblaba tanto como una hoja seca agitada por el viento. Disfunción motora idiopática. Que bonita manera de decir que no tenían ni idea de qué le pasaba
La siguiente cama estaba vacía, con una etiqueta de una tal Diana Smitz. Sobre la sábana habían puntitos de sangre en la zona en la que podría haber tenido la espalda. Por ahora seguiría.
Carl Di Mura y Michel Oliols eran dos chicos un poco más apartados, cubiertos por una cortina al fondo de la sala. Estaban en coma. Carl tenía sobre la cabeza un extraño sistema de poleas y cuerdas, probablemente destinado a movilizarle las articulaciones con el menos esfuerzo posible. Estaba construido de tal manera que en cualquier momento podía desmontarse y anclarse en la cama del otro enfermo, Michel, quien a pesar de tener mezclas de sangre, el color de su piel no lograba ocultar un tono amarillo nada sano. Tenían 15 y 11 años.
Timmy Robets le llamó la atención inmediatamente. Ese tipo de enfermedades no solían verse en países desarrollados. No solo sufría obesidad, sino que el edema resultante había llegado al punto de descamaciones en la piel. Sus uñas crecían desproporcionalmente, y en todas sus articulaciones se acumulaban costras que poco a poco iban impidiéndole el movimiento. El diagnóstico de Elefantiasis se quedaba corto para lo que estaba viendo, más cuando tras un poco de investigación averigua que el tratamiento sugerido para su enfermedad pasaba por despellejarlo completamente. Un niño de 10 años no debería pasar por algo así.
La última niña lo dejó quieto en el sitio. Lorena Pérez Díaz lo mirada directamente, cubierta hasta la barbilla por la sábana. Bram dio un par de pasos, comprobando que en realidad esos ojos estaban clavados en el vacío. Lorena. 8 años. Autismo y ausencia de respuesta al dolor. Un caso complicado. Se acercó un poco más, comprobando que bajo las sábanas, la muchacha estaba atada de pies y manos. Algunas cicatrices viejas le sugirieron que debía tratarse de un modo de evitar que se autolesionara.
Bien. 7 niños de enfermedades dispares reunidos en una misma habitación. Muy extraño para un hospital con tantas especialidades como aquel.
Movido por esta curiosidad, investigó un poco en los propios archivos del hospital, encontrando la respuesta. Todos ellos formaban parte de un proyecto conjunto con una ONG que se dedicaba a custodiar algunos de los casos médicos y familiares más complicados de los Estados Unidos. Familias rotas o incapaces de costear los tratamientos de una enfermedad incurable. Constantemente en los últimos 5 años en los que habían trabajado con aquel hospital habían entrado y salido multitud de niños. Curados o muertos. Actualmente habían dentro del proyecto… ¿9 niños?
Bueno, dejaría para más adelante el averiguar lo que fuera de los dos que le faltaban, ya que estaba claro que el niño con el que Danielle tenía relación, estaba en aquella habitación.
Terminado eso, regresó a la habitación. La cama antes vacía estaba ocupada por una chica dormida, la que seguramente sería Diana Smitz. Marie y Harvey cuchicheaban sobre ella, preguntándose cuando dejaría de ser tan agresiva. Siempre conseguía que la drogasen. Pero quien llamó la atención del proyector fue Lorena, sintiendo por un momento un sudor frío ante la idea que se le paso por la cabeza con ella.
En este momento una enfermera le estaba cambiando las sábanas, y quedaban a la vista una serie de moretones recientes que, por mucho que le echara imaginación, era imposible que se hubiese hecho ella sola. En ese momento, la idea de que Danielle fuese una niña autista que salía de su cuerpo como proyectora y que aquellas cicatrices fueran el resultado de la última confrontación con Malevoy, donde ella había ido tras él en solitario, regresando tan pálida que ni ella podía ocultarlo con sus habilidades… reprimió un escalofrío. ¿Su amante era una niña de 8 años? No, no podía ser. Era imposible. Intentó calmarse y pensar. No, Danielle demostraba demasiados conocimientos del mundo como para haber vivido tan poco. Era una mujer adulta.
Aferrándose a esa idea, se acercó a observar más de cerca a Lorena… para que se le congelase la sangre otra vez.
Ojalá no fuese capaz de reconocer esas marcas.
Se miró sus propias manos, y mentalmente las encajó en los moretones. La enfermera que atendía a la muchacha parecía mirar a otro lado, y mientras se estaba planteando si entrar en ella, quien probablemente no sabría lo suficiente, o en la niña, quien era muy difícil que recordase lo bastante sobre lo que le estaba pasando.
No le costó dar con la dirección oficial de su familia. La apuntó mentalmente y salió de la habitación.

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