Regresando a casa no he podido quitarme de encima esta sensación tan extraña. Una mezcla de tristeza, alivio y… no sé, soledad tal vez. Y aunque me duele admitirlo, es liberador.
Acabo de regresar del entierro de Martin. Apenas nos lo comunicaron con uno o dos días de antelación. Ya era mucho pedir que siguieran esperando su regreso. Quizás cuando su cuerpo muera de verdad lo haga. Es una esperanza muy vaga, pero es una esperanza. O al menos, eso dijo el Doctor Chadravanti.
Qué incómodo. Llevo delante de la pantalla media hora, y aún no he escrito ni tres párrafos. No puedo dejar de recordar todo lo que conocía y desconocía de él. Ya casi no recuerdo cómo era su olor ni su voz, pero era el único que tenia gestos como aquellos. Ayudarme a or
ientarme en un lugar nuevo, o… O aquella vez, regresando otra vez a las cunas, cuando mis pasos vacilaron, él me rodeó la cintura para darme ánimos. Hasta ese momento… ya no importa. En aquel momento, él era quien más se había acercado de entre todos mis compañeros. Quizás por eso me afectó tanto, no lo sé.
Aquella mujer de aspecto enfadado y el chaval que miraba en todas direcciones, como sin entender qué hacía allí, me eran completamente desconocidos. Tiene su nariz. No nos había hablado de su familia. En realidad, ninguno había
dado gran cosa de sí mismo en aquel entonces.
La forma en que murió me sigue pareciendo tan… ridículamente heroica, que…
No puedo seguir

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