(un rato más tarde)
Bueno, ya estoy mejor. Hay más cosas que me gustaría poner por escrito antes de mañana, así que haré un par de saltos.
Cuando Nos avisaron de que ya era oficial la fecha del entierro, No pude hacer más que bajar a las cunas otra vez. En silencio. Su rostro parecía tan vivo como los de todos los que descansábamos allí. O mejor dicho, todos parecemos tan muertos como Martin en nuestros ataúdes.
Rompiendo el momento de auto padecimiento personal, alguien discutía cerca de donde estaba yo.
Tom Hayes, acompañado de Kate, discutía con Chadravanti sobre unas pesadillas que no paraban de perseguirlo (es como si alguien lo observase). Siendo durmiente, me extrañó mucho, pero al parecer es normal que nuestros cuerpos reaccionen de formas muy raras al shok que supone estar tan a menudo mantenido medio-muerto en las cunas. No lo tranquilizó, y a mí tampoco. El insulto siguiente estaba un poco fuera de lugar, pero lo cierto es que no me ha venido la regla en cuatro meses, y nada de eso estaba en la letra pequeña del contrato.
Qué se le va a hacer. Tendré que preguntarle al doctor por eso.
Un poco más tarde, En el comedor, su crisol jugaba eso de “quien pierde paga la ronda y cuenta su experiencia cercana a la muerte”. Pues bien, le tocó a Tom, y su historia es de esas que no le deseo a nadie. Hace tiempo, de golpe y porrazo, le diagnosticaron un cáncer que acabaría con él en menos de siete meses. Su mujer no lo soportó, y acabó haciéndose adicta a algo… para más tarde suicidarse. Y su hija…por lo que pude escuchar en las cunas, su hija se ha fugado unos días con su novio macarra. Ya entiendo porqué está tan taciturno siempre. Lo peor es que tiene la paranoia de que todo esto lo promovió la misma empresa, porque al parecer un día apareció un crisol contando que habían fumigado a un espectro que era el que le había causado el cáncer. La gracia es que ni él ni ninguno de los sentados en aquella mesa sabíamos nada de ningún espectro con ese tipo de poderes. Si me entero de algo, me tengo que acordar de decírselo.
Hann Ye no encontró nada sobre poderes fantasmales relacionados con los sueños. Mientras yo le pedía eso, Connor hacia investigaciones sobre la gente del consejo de Orpheus. No sé qué le ha dado, pero por ahora prefiere mantenerlo en secreto. Bueno, ya veremos qué pasa. Imagino que nos lo contará cuando tenga algo sólido que contar, sea lo que sea lo que busca.
Ese mismo día, llegó un tipo muy raro a Orpheus. Al parecer es un científico tetraplégico muy famoso, y estando proyectado su presencia brillaba como una llama. Aún no he tenido oportunidad de hablar con él. Quizás más adelante.
Creo que solo me queda contar lo que pasó en el cementerio. Pues resulta que Jack Tilton, el gran jefazo, estaba allí también para mostrar sus respetos. Supongo que fue por aparentar. O’Sullivan y HannYe tampoco lo conocían, y asistieron, vale, pero ellos vinieron más por el crisol que por el fallecido. No estoy segura de si fue por curiosidad o simple mala leche, pero Connor y yo nos acercamos para hablar un poco con el jefe. Juro que era como si flirteara con migo, pero Connor lo describió mejor como que hablaba como si fuese un “encantador de serpientes”. Quizás sea eso, pero a mi me sigue pareciendo demasiado a una invitación lo que dijo. Básicamente, que lo siente mucho, y que está dispuesto a escuchar todo lo del anciano de Los Ángeles. Claro, a toro pasado es muy fácil tener en cuenta mi sugerencia. Total, ya no tendrán que gastarse la pasta en el traslado de la nevera, una vez enterrado.
Un día tengo que coger y escribir sobre las primeras experiencias que hemos tenido al llegar al crisol.
Si me acuerdo de algo más, ya escribiré en otro rato.

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